miércoles, 22 de julio de 2009

Una noche con diez (parte 1)


Tenía que convencerse a sí mismo que no estaba solo, que su esposa no le importaba, que el pesar diario del mal trabajo bien pagado no le hace daño, que no le hace daño a nadie, que vender un poco de coca no es tan malo, que todo tiene su precio; incluso el amor. Javier tiene que convencerse de todo ello. Para su esposa, él, trabaja en una empresa minera, la misma de la cual lo botaron hace ya diez años. Sus hijos ven en él la imagen del ejemplo, un hombre que trabaja poco y gana mucho. Para sus amigos es el de “las monedas”. Él lo sabe, pero no le queda de otra.

Hoy Javier cumple un año más de vida, y sumándolos todos pasan los cincuenta. Salió de recoger su encargo a las nueve de la noche, pero no quiere llegar a casa a falsear la vida que lleva, a pretender que es un buen padre, un estupendo amigo y un esposo ejemplar. Hoy, después de mucho, Javier quiere ser quien realmente es, un tipo solo y con mucho dinero, quiere celebrar sus cincuenta y pico años de vida en cualquier bar de mala muerte.

Se sube a su RAV4, recién comprada, y embarca a “aúnnosabedonde”. Pasa por barranco y ve en las calles no más que tristeza; él siempre pensó que lima es la ciudad más triste de todas, siempre gris borrosa y sucia, y sabe que su labor no hace nada por mejorarla. Se estaciona en una esquina pobre, un tanto desolada, y se encuentra con “el cojo” Guzmán. El cojo sabe que Javier viene por lo suyo, eso mismo que el le reparte. Le da tres pacos y no le cobra nada, pues el jefe es el jefe. Javier aspira un poco y guarda lo que queda para el camino, enrumba a Miraflores a “quiénsabeque”.

Mira por todos lados y nada le convence, la gente miraflorina siempre es más feliz, piensa, incluso más que sí mismo. Al rato ve un sótano, un poco tétrico y putón, se estaciona sin pensarlo y mirando a todos lados procede a entrar a ese local que se le cruzó en el camino. El “Canadians”, un antro miraflorino conocido por muchos extranjeros y pocos locales, fue el lugar que le ofreció lo que él buscaba: cariño sincero a cambio de dinero. Aún era temprano y el local estaba un poco vacío así que se sienta y pide un par de tragos. La anfitriona lo acompaña, pero Javier no está satisfecho por una sola acompañante, es su cumpleaños y al menos quiere cinco a su lado, una por cada década.
-Tráeme a unas amigas más, y las consentiré por el resto de la noche.- le dice al oído a aquella amiga anónima que acababa de conocer.
-OK mi vida, pero a mi me tienes que querer más ¿sí? Mira que yo te vine a buscar primerita.- Se lo dice igual, al oído, con una voz un poco putona, un poco calenturienta. Y, en efecto, con las hormonas alborotadas y la calentura de un cincuentón, accede a darle una propina.
-Ya está mi reina, tráelas y las querré a toditas, pero a ti más.

En cuestión de segundos Javier se vio rodeado de diez mujeres a las cuales, como mínimo, les doblaba la edad. Él estaba más que feliz, teniendo una vida de sincera hipocresía, sabiendo que lo que hacia, era por primera vez, para sí mismo. Esta vez no tenía que fingir sonrisas, sentimientos, ni obligaciones. Javier quería ser un puto por esa noche y gastar lo que sea necesario para lograrlo.
-¡Trago para todas mis reinas!- grita con cierta emoción. En seguida es atendido y sus damas lo hacen ciertamente feliz. Conversan sandeces pero a él no le importa, lo único que quiere es que al menos una caiga esa noche. Todas le dicen sus nombres, pero él no logra recordarlos, es conciente de que los años no pasan en vano, y que la mente le juega malas pasadas.
-¿Mary cierto?
-No mi vida, soy Carmen.
-OK como sea ¿bailas?
-Lo que quieras mi rey.- con la misma voz putona de la misma vez, la primera amiga que jamás conoció, trata de seducirlo y quedar por encima de las otras.

Yo observo a Javier de lo lejos, lo conozco de hace no mucho, pero el trabajo une personas que uno juraría no conocer. En mi caso la compañía no me es tan grata como para Javier. Micaela trata de hacerme sentir en confianza con uno de esos bailes que le obligan a hacer, pero que a mí francamente me aburren. Prefiero observar la agudeza y el derroche de Javier, ese tío cincuentón que conocí en Colombia; en ese entonces el creía que yo era muy idiota para el trabajo, y yo creía que estaba muy viejo para lo mismo.

Ya han pasado seis años desde aquella vez, y Javier no supo como salir de ese mundo, creo que alguna vez lo intentó, o al menos eso dicen los que lo conocían del todo. Pero yo creo que jamás podrá desacostumbrarse a eso que me marcó tanto: el poco trabajo y la buena paga, los mejores amigos de Javier.

1 comentario:

gatoreloaded dijo...

Que es un Paco y denme la direc del Canadians jeje!

Bien acompañado...Esa no fue una noche virgen